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La energía eólica, una realidad

Es indudable que el progreso económico del pasado siglo fue logrado con base en los combustibles de origen fósil (petróleo y carbón), sobre todo en los países en donde éstos eran muy abundantes y, por consiguiente, de bajo costo. Esas fueron las condiciones que moldearon las características de las sociedades económicamente muy desarrolladas, en ellas los sistemas de transporte individual tienen un mayor estatus sobre el colectivo.

Por Ing. Rubén Flores García, Comisionado en la Comisión Reguladora de Energía (CRE)

Es indudable que el progreso económico del pasado siglo fue logrado con base en los combustibles de origen fósil (petróleo y carbón), sobre todo en los países en donde éstos eran muy abundantes y, por consiguiente, de bajo costo. Esas fueron las condiciones que moldearon las características de las sociedades económicamente muy desarrolladas, en ellas los sistemas de transporte individual tienen un mayor estatus sobre el colectivo.

En cuanto a los estilos arquitectónicos de la construcción de edificios prevaleció la apariencia visual sobre la eficiencia energética, con las consiguientes necesidades de uso artificial de calefacción, enfriamiento, alumbrado, etc. En las industrias de uso intensivo de energía, acereras, de aluminio, cementeras, refinación, entre otras, había descuido en los aspectos de conservación energética.

Pero de acuerdo con la sentencia: “Dios siempre perdona, el hombre algunas veces, la naturaleza nunca”, a partir de la década de los cincuenta se empezó a notar un cambio acelerado en el gradiente de concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, principalmente CO2, producto del uso de los combustibles de origen fósil. Esto conllevó a un incremento gradual en la temperatura promedio anual del mundo, al impedir estos gases la reflexión al espacio exterior de ciertas longitudes de onda de los rayos solares.

Dado que el modelo de crecimiento económico se fundamentaba en el uso de combustibles contaminantes, surgió la duda de si se debía seguir con este mismo modelo. En 1987, se presentó en la ONU el reporte Brundtland, también conocido como “Nuestro Futuro Común”, en el que se alertaba al mundo de la urgencia de que el crecimiento económico de las naciones fuera sustentable, es decir, alcanzar las necesidades del presente sin comprometer el que las futuras generaciones puedan alcanzar las suyas.

Actualmente, el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático de las Naciones Unidas ha concluido que se requiere al menos una reducción de 50% de las emisiones de CO2 en el año 2050 comparada con el año 2000, para limitar en el largo plazo el incremento global de la temperatura.

Ante esas circunstancias, no es posible seguir soportando el uso indiscriminado de combustibles que produzcan de forma masiva gases de efecto invernadero, volviendo la vista al uso de fuentes sustentables de energía, entre las que destaca el viento.

La energía eólica (de viento) es la segunda fuente de energía renovable en la producción de electricidad en el mundo después de la hidráulica. En la actualidad, esta energía es la que ha tenido mayor crecimiento con una tasa anual de 28% en los últimos 10 años, lo que refleja sus amables características.

La energía eólica no produce emisiones además de las que resultan de los procesos de manufactura de las turbinas y las torres, y no requiere de agua para su operación normal. Según el Atlas del Potencial Eólico y Solar para un México más Fuerte, publicado por la Secretaría de Energía el pasado 7 de diciembre de 2010, el potencial eólico mexicano -tomando en consideración sólo 10 % del área total con potencial del país y factores de planta superiores a 20%- asciende a 71,000 MW, y con factores de planta mayores a 30% se estima en 11,000 MW; por lo que podemos concluir que México es un país privilegiado en este renglón.

No cabe duda de que el futuro de las energías eólicas es, además de promisorio, benéfico para enfrentar el gran reto del siglo XXI: el cambio climático.

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