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Cultura

Fomentando la Lectura: Carlos Monsiváis y el terremoto de 1985

A continuación ofrecemos un par de crónicas de Carlos Monsiváis sobre el terremoto de 1985.

Cronista como pocos, conocedor de la ciudad como ninguno, capaz de llevar a un taxi de Portales a Lomas Verdes en tiempo récord, Carlos Monsiváis nos explicó la ciudad y sus problemas y virtudes como nadie.

A continuación ofrecemos algunos fragmentos de sus textos sobre el temblor que azotó a la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985.

Estos textos los puede encontrar en el libro “Entrada Libre” de Editorial ERA.

 

Crónica I. Catálogo de las reacciones
En un instante las seguridades se trituran. Un paisaje inexorable desplaza al anterior. Cascajo, mares de cascajo, la desolación es un mar de objetos sin sentido o destino, de escenografías del asolamiento, de edificios como grandes bestias heridas o moribundas. El llanto desplaza a la incomprensión. En los rostros lívidos las preguntas se disuelven antes de serlo. El dolor asimila el pasmo. El pasmo interioriza el sentido de tragedia.
Absortos, los sobrevivientes peregrinan, ansiosos de un punto de apoyo confiable para su mirada. Al testimoniar, y con ligeras variantes, sigue una línea fija el relato de los minutos y las horas que suceden a las convulsiones de la tierra, a los movimientos que destruyen los ritmos cotidianos, al estallido de vidrios, a las demoliciones de la naturaleza:
—Los instantes previos al temblor, los actos nimios de la confianza: “Iba a entrar al baño… Dormía… Preparaba el desayuno… Llevaba los niños a la escuela”.
—La sensación de miedo, de fin de seres y de cosas. La angustia intraducible.
—El proceso de la salvación individual. Las anécdotas del rescate.
—El reconocimiento visual de la catástrofe. El azoro. El miedo que no termina.
—La culpa y la alegría de estar vivos.
—La preocupación indetenible por los demás, los hijos, la madre, el compañero o la compañera, la familia, los amigos, los vecinos.
—La inmersión en el rescate de los seres próximos o de los perfectos desconocidos.
—El enfrentamiento a la autoridad, representada por los cordones del ejército y de la policía, cuyo sentido de la disciplina pasa por encima de los requerimientos del dolor o la solidaridad. La crítica al gobierno, que debió exigir calidad en la construcción, respeto a las normas de seguridad.
—La crisis de la impotencia del individuo y del grupo.
—Las primeras conclusiones morales y políticas, entre ellas la muy lacerante: a la acción de la Naturaleza la potenciaron la corrupción, la ineficacia, el descuido.
Crónica II. La devoción por la vida
Así sean muy semejantes, los relatos de los voluntarios transparentan la benéfica diversidad —inesperada— de grupos sociales y tipos humanos unidos por el aprecio a la vida. Antes del 19 de septiembre, la frase anterior se habría calificado de “retórica”; en las semanas del terremoto, su solidez deriva de hazañas, resistencia cívica, movilizaciones, la angustia del rescate convertida en parábola humanista.
El dolor personal y social, la tristeza ante los muertos y las tragedias, la indignación ante la corrupción de siglos y el saqueo cotidiano, se despliegan en medio de un paisaje insólito, el de la ayuda desinteresada. Desde la mañana del 19 de septiembre, los voluntarios hacen de la solidaridad un arma óptima de creación de nuevos espacios civiles. Un esfuerzo sin precedentes (en un momento dado, más de un millón de personas empeñadas, en distintos niveles, en labores de rescate y organización ciudadana) es acción épica ciertamente, y es un catálogo de demandas presentadas con la mayor dignidad. Urgen ya en las ciudades organizaciones autónomas, democratización, políticas a largo plazo, proyectos de racionalidad administrativa.
Durante un breve periodo, la sociedad se torna comunidad, y esto, con los escepticismos y decepciones adjuntas, ya es un hecho definitivo. Si, necesariamente, tal vehemencia se disuelve en un periodo breve, las lecciones perduran. La primera y más decisiva respuesta al terremoto es de índole moral. Forzosa y compulsivamente, el instinto de continuidad se fragmenta en decenas de miles de acciones, avivadas por el deseo del rescate, del atenuamiento de la violencia natural, de la puntualidad del individuo que acompaña en su desesperación a las multitudes. Provista de un notable sentido del deber, una nueva generación se incorpora a las tareas urbanas. Son estudiantes universitarios y obreros, desempleados y alumnos de los Colegios de Bachilleres, de las preparatorias, de los Colegios de Ciencias y Humanidades, de las Vocacionales, de las escuelas técnicas. Han crecido sometidos al consumismo, a la inhabilitación ciudadana, al reduccionismo de las visiones ideológicas que ven en la juventud un campo del domesticamiento y la banalidad. Se les ofrece de pronto una elección moral y la asumen, una oportunidad de acción organizada y la aprovechan. No se consideran héroes, pero se sienten incorporados al heroísmo de la tribu, del barrio, de la banda, del grupo espontáneamente formado, de la ciudad política y civil.
Salvar vidas, prestar auxilio, darle a la ayuda la forma de una presencia constante, insomne. El imperativo ético encarna de modos inesperados y vigorosos. En apenas cuatro o cinco horas, se conforma una “sociedad de los escombros” que, angustiada y generosa, no se somete a las dilaciones burocráticas, guiada en su invención fulgurante de técnicas por la obsesión de hurtarle vidas a la catástrofe. Los contingentes desesperados se vuelven un asomo (vigorosísimo) de sociedad civil al descubrirse las potencialidades de las masas (el orden de la ciudad garantizado y más de 1 500 vidas salvadas). Cada persona que se extrae de los túneles y los hoyos es epopeya compartida unánimemente. Nunca en la capital han sucedido fenómenos tan dramáticos ni respuestas tan emocionadas.
Al resistir las órdenes de parálisis contemplativa, al hacer de la “desobediencia civil” el motor de la acción, las decenas de miles de voluntarios algo y mucho expresan a lo largo de días y noches en vela: la solidaridad es también urgencia de participación en los asuntos de todos. Lo primero es domeñar las sensaciones de horror y de impotencia, abrazar difuntos a lo largo de los corredores que conducen a la salida, juntar brazos y piernas desperdigados, ver morir a quienes ya nadie puede auxiliar, oír historias estremecedoras y asimilarlas desde la compasión y la ayuda activa. En los túneles improvisados, el topo se despoja de tapabocas o de mascarillas con tal de oler y localizar a los muertos, atiende con cuidado a los cadáveres para que no se deshagan. Parte de la eficacia deriva del respeto a la vida y del respeto a los cuerpos, que deben ser entregados a las familias, que deben protegerse de las precipitaciones de los conductores de bulldozers. El voluntario domeña el miedo, lo distribuye convenientemente entre las sensaciones de su nueva conciencia laboral. El voluntario pertenece de lleno a su grupo o brigada, desde el casco y la banda adhesiva, desde la indiferencia ante el cansancio y la pérdida de sueño. Luego de medio siglo de ausencia, aparecen en la capital los ciudadanos, los portadores de derechos y deberes. Enlazados por formas organizativas antiguas y novedosas, vecinos y brigadas se consideran a sí mismos “mexicanos preocupados por otros semejantes”, nacionalistas humanitarios, cristianos fuera de los templos, o simplemente vecinos que saben responder-a-la-hora-buena. Gracias a esto, se crean sobre la marcha instancias organizativas que trascienden, por el vigor de las circunstancias, a instituciones oficiales, a
partidos políticos, a la Iglesia y a la gran mayoría de los grupos existentes. La súbita revelación de estas capacidades individuales y sociales modifica ética y cívicamente a la capital en franca oposición a las leyes que divulga (creyéndolas) el Estado paternalista que nunca reconoce la mayoría de edad de sus pupilos.

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