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Opinión

Cuando una persona hace la diferencia

A veces el trabajo ordinario (hecho, eso sí, extraordinariamente) nos da la ocasión de ser heroicos.

 

A veces somos pesimistas y vemos la realidad peor de lo que realmente es. Recuerdo un dicho de Don Manuel Senderos, presidente fundador de DESC, que siempre me hace reflexionar: “Las cosas nunca son tan malas como parecen, ni tan buenas como uno desearía que fueran”. El caso es que a veces la realidad se torna sombría, o la inseguridad nos golpea, o la apatía de ciertas personas nos molesta y esto nos vuelve pesimistas.

Pero a veces las personas dan lo mejor de sí mismas y es en esos momentos cuando a uno le renace la esperanza; si pusiéramos empeño en hacer lo que nos toca, sólo lo que nos toca, pero haciéndolo muy bien, éste sería otro país.

Saco esto a colación por una experiencia que tuve hace días. Todo empezó hace un par de meses, cuando llegué a las carreras al aeropuerto de la ciudad de México, Terminal 2, y me tocó hacer cola a la hora de mostrar el pase de abordar (no sé por qué, pero en ese lugar piden una identificación, a diferencia de otros aeropuertos). Como pude saqué mi licencia de conducir, la enseñé y corrí a los filtros, pero no la guardé en el lugar que le corresponde: mi cartera, y pensé: “Lo haré más tarde, si no, pierdo el avión”. Lo que perdí fue la licencia. Esa noche, en el hotel, revisé mis bolsillos, mi equipaje de mano y el portafolio, al menos tres veces… no estaba.

De regreso llamé al aeropuerto y al Salón Premier de Aeroméxico, sin tener buenas noticias, así que me hice a la idea de ir a la oficina de licencias a pedir una reposición, un trámite que me tomaría una mañana, por lo menos, además de costarme unos 750 pesos.

No pude ir, así que el lunes de hace un par de semanas, camino al aeropuerto, decidí acudir en persona (ya había llamado por teléfono) al área de objetos perdidos. Llegué con tiempo y fui primero a la oficina de Aeroméxico, donde una señorita muy amable la buscó en una caja y en su relación de objetos perdidos –por cierto, me sorprendió la enorme cantidad de credenciales del IFE y de licencias que había, ¿por qué nadie va por ellas? Se entiende que no recojan sus tarjetas de crédito (también había un buen número) porque éstas se reportan de inmediato para evitar su mal uso pero, ¿una identificación oficial?

Bueno, el caso es que mi licencia no apareció, así que, siguiendo las indicaciones de la amable señorita que me atendió (Toni), fui a la oficina de objetos perdidos del aeropuerto, que estaba junto. Entré, pregunté, me atendieron bien, pero no la tenían.

Resignado a hacer el trámite correspondiente, me encaminé a la puerta, cuando la señorita Toni entró a decirme que por su cuenta había revisado las listas, día por día, desde el que perdí mi licencia, y ya la había localizado.

Muy amablemente me indicó dónde tenía que recogerla (como habían pasado más de dos semanas, las cosas perdidas las envían a una bodega ubicada en la terminal de carga de la aerolínea. Me fui para allá, un poco a las carreras, debo admitirlo, con el temor de perder mi vuelo.

Para cuando llegué, la señorita Toni ya había llamado al encargado, el señor Felipe Hidalgo, quien prácticamente me estaba esperando con la licencia en la mano y me ayudó con un trámite de llenado de formas. Así regresé rápidamente a la Terminal 2 para abordar, con el tiempo justo pero feliz y contento con mi licencia (eso sí, ahora guardada en su sitio: mi cartera). Me había ahorrado una mañana perdida y 600 pesos, pero además tenía la satisfacción de haberla buscado… y encontrado, gracias a la labor fuera de lo ordinario (y por lo tanto extraordinaria) de una persona.

Es una anécdota simple, quizá banal, pero extraigo de ella una “perla”: la actitud de la señorita Toni. Se trata de una persona que hizo la diferencia, quien seguramente me vio preocupado, se conmovió, quizá, y en vez de leer una revista, o platicar con alguien, se puso a hacer algo extra, y realmente hizo mucha diferencia.

A veces el trabajo ordinario (hecho, eso sí, extraordinariamente) nos da la ocasión de ser heroicos. Ojalá muchos tomásemos esa actitud, les aseguro que este país sería mejor.

Otra persona que hizo la diferencia fue mi padre, quien falleció hace unos años, un hombre ejemplar, buen esposo, buen padre, buen hijo, íntegro, honesto, laborioso; supo emprender labores arduas y difíciles, logrando resultados extraordinarios y supo también disfrutar de la vida. Agradezco mucho haber tenido el privilegio de ser su hijo y agradezco también las numerosas expresiones de cariño y solidaridad que hemos recibido mi mamá, mi familia y un servidor.

 

 

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